Si hay una cosa que me gusta tanto o más que la fotografía es sin duda viajar. He cruzado los escasos kilómetros que me separan de África más veces de las que puedo recordar, he recorrido Francia o Inglaterra y la lista de lugares que apunto en la agenda como futuros destinos crece más y más cada vez que al maldito condenado de Ignacio Izquierdo le da por actualizar su blog con nuevas experiencias e imágenes. Sin embargo, para mi Japón era otra cosa, era casi una necesidad biológica, una especie de atracción irresistible que me empujaba desde hacia años a soñar con el momento en que finalmente pudiese hacer ese viaje realidad.

Desgraciadamente, mi primer contacto con Japón no fue precisamente una balsa de aceite. Aterricé en el aeropuerto de Osaka sin retraso, a las 8:55 de la mañana, y desde ahí me dirigí hasta Kyoto comprobando por mi mismo que la buena fama del sistema de ferroviario japonés estaba sobradamente justificada. Encontrar el ryokan (alojamiento tradicional japonés, normalmente pequeños y acogedores) en el que me hospedaría los próximos tres días tampoco supuso mayor problema. ¿Qué pasó entonces? Kyoto. La imagen preconcebida que tenía de la ciudad era la misma que probablemente tendréis muchos de vosotros y que bien puede identificarse con la imagen de arriba: un lugar íntimo donde la tradición ha sobrevivido al progreso.

Nada más lejos, hasta donde la vista alcanzaba solo encontraba calles anodinas donde la madera de las construcciones originales había desaparecido bajo el aburrido hormigón borrando toda seña de identidad que diferenciase esa ciudad de cualquier otro lugar del mundo al que NO querrías viajar. Los dos primeros templos que visité, el Nishi Hongan-ji y el Higashi Hongan-ji, estaban enterrados en andamios a causa de unas labores de restauración que no concluirán hasta 2011; y mi primer paseo por Gion también me dejó un sabor agridulce, demasiados coches, demasiados edificios, demasiada gente caminando apresuradamente arriba y abajo. ¿Donde estaba la ciudad de Kyoto que yo buscaba?

Por suerte, no tardaría en descubrirlo. Aunque Kyoto escapó prácticamente ilesa a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de su superficie no se diferencia demasiado del 99% de ciudades japonesas, presas de un desarrollo apresurado. Sin embargo, al igual que ese mismo 99%, la ciudad está repleta de rincones idílicos que esperan detrás de cada esquina. Tan solo había que perseverar. Kyoto estaba a punto de abrirse a mi y a partir de ahí no volvería a dudar de mi sueño en todo el viaje.

Empezando por el templo budista Sanjusangendo y sus mil estatuas de la diosa Kannon (nada que ver con cierta marca de cámaras), el fabuloso templo Kiyomizudera y la inmejorable vista que ofrece de la ciudad o el conocido Kinkakuji (Pabellón Dorado), y continuando por los increíbles paseos enterrados en cerezos en flor, la zona alta de Gion (esta sí, llena de encanto) o el distrito de Arashiyama al oeste de Kyoto, un destino que debería de ser prioritario en todo itinerario y que logró hacerme olvidar definitivamente cualquier sombra del bullicio de la ciudad.

Consejos

  • Kyoto es una ciudad difícil de recorrer para el turista a causa de la anecdótica presencia de metro, las largas distancias que separan los mejores puntos de interés de la ciudad y un sistema de autobuses que, a ojos de un profano como yo, no era precisamente sencillo de entender. El tiempo es oro así que prioriza los puntos de la ciudad que te interesan y multiplica por dos el tiempo que crees que vas a necesitar para llegar hasta ellos. Cuando repita, me concentraré sin duda en la zona de Arashiyama y el camino que conecta Gion con Kiyomizudera.
  • El idioma NO es un problema. Los letreros en inglés brillan por su ausencia casi tanto como los japoneses con las más mínimas nociones de la lengua de Shakespeare, pero la mayoría le ponen una voluntad tremenda a ayudar a los turistas que lo compensa todo. Con cuatro palabras en japonés, otras tantas en inglés y un buen número de gestos llegaremos a cualquier parte.
  • Si vais en Abril no podéis dejar pasar la oportunidad de acudir al Miyako odori (Bailes de los cerezos), en el que varias decenas de Maikos (aprendices de Geisha) y alguna que otra Geiko (las Geishas en si) vienen sorprendiendo al público del teatro Kaburenjo de Gion Kobu desde 1871. Es un espectáculo digno de verse y no lo suficientemente conocido (mi novia y yo éramos los únicos gaijines en el recinto) aunque descubrí demasiado tarde que para tener el privilegio de fotografiarlo es necesario abonar un plus de forma previa al comienzo de la representación.
  • Contrariamente a la creencia popular, lograr ver a una Geisha (o incluso a una Maiko) es algo tremendamente poco habitual por mucho que nos apostemos durante horas en alguna de las calles de Gion. Aún así, los fines de semana y las fiestas como el Matsuri (Julio) o el Hanami (normalmente en Abril, cuando florecen los cerezos) elevan nuestras oportunidades hasta el infinito. En mi caso, encontré un par de ellas acompañando a sus clientes en el parque Maruyama (junto al templo Yasaka en Gion) disfrutando del Hanami, y una auténtica horda en el callejón al que conduce la puerta trasera del teatro Kaburenjo al terminar la última función del día del Miyako odori.
  • El templo Kiyomizudera es espectacular tanto de día como por la noche (cuando está intensamente iluminado por focos) y aunque es tentador acudir por la mañana temprano cuando no está plagado de visitantes debéis saber que reposa en el lado oeste de la montaña así que no empieza a estar iluminado hasta bien entrada la mañana. Es mucho más recomendable acudir por la tarde y fotografiarlo en la hora azul mientras disfrutamos del atardecer sobre la ciudad.
  • En la mayoría de ciudades japonesas y especialmente en Kyoto encontraréis dos grandes e inexplicables ausencias: papeleras y farolas. Esta última es especialmente preocupante cuando, como yo, llegas más tarde de la cuenta al paseo de la filosofía para disfrutar de los Sakuras (cerezos) y te encuentras con que tienes que iluminar el camino con la pantalla del móvil para no acabar ahogado en el fondo del canal. Tenedlo en cuenta.

Nota: Tenía que haber continuado esta serie de artículos nada más regresar de mi viaje pero el cansancio y la pereza unidos a la depresión por la vuelta a lo cotidiano me hicieron retrasarlo más de la cuenta. Ahora, aprovechando que he iniciado los preparativos para mi regreso al país nipón para Abril del año que viene (según que cosas me gusta planificarlas con tiempo) he pensado que es mi última oportunidad para retomar la idea inicial. Espero que os gusten estos artículos aunque no hablen estrictamente de fotografía. Próximamente Nara y Fushimi-Inari.